Viena el estreno de la mirada europea

La primera vez siempre me rece un recuerdo, por eso me tomaré la licencia de escribir este trabajo en primera persona. Seguramente, usted, asiduo lector de estas páginas, ha ido alguna vez a Viena o a Europa. Pero hay algunos que nunca habíamos pisado ese continente, así que este relato tendrá el candor del aprendiz. Lo que entendí al aterrizar en el aeropuerto Charles De Gaulle en Francia es por qué los europeos se sorprenden tanto cuando llegan a Venezuela: el Caribe azulísimo y el verde salvaje de la costa atrapan a quienes están habituados a ver sembradíos ordenados y construcciones que datan de cientos de años atrás. Aquí, en Venezuela, lo más viejo apenas tendrá 500 años y allá tomé fotos a paredes que son del siglo XI, por lo menos. Ellos aquí y yo allá, todos sorprendidos. Después de dos horas más de vuelo aterricé en Viena. ¿Y mi maleta? Camine por allí, por allí, llegué casi hasta la puerta... No me pidieron declaraciones de nada ni llenar planillas. Es como si confiaran en uno. Agarré mi equipaje de la cinta y salí a una ciudad musical por excelencia. Desde que llegué no dejé de ver personas apertrechadas con sus instrumentos, estampa tan cotidiana como verle la lonchera del almuerzo a cualquier trabajador de nuestro país. En los cuatro días de mi esta día me monté en más Mercedes Benz que en toda mi vida. Desde sus ventanillas contemplé la grandeza de la arquitectura vienesa, pero definitivamente lo mejor es caminar y saber que la calle es segura, que las aceras son para las personas y no para los buhoneros. Eso sí: cuídese de las bicicletas. Las ciclovías bordean las calzadas, pero como uno no está acostumbrado a su existencia, en cualquier momento estará andando por ellas y los ciclistas van a velocidad de motorizado caraqueño. Mi ópera, mi catedral. Si ape nas le dan cuatro días para ir a Viena, por favor, no se quede en el hotel. Báñese, cálcese un zapato cómodo, agarre su cámara y salga. Cualquier edificio que vea es famoso e impor tante, cualquier plaza. Rumbo a un restaurante de comida rápida tomé la foto de una estrella dedicada a Arturo Rubinstein en plena acera, en la pared del hotel Sacher hay una placa que recuerda que Antonio Vivaldi estuvo por esos predios, en la esquina de enfrente hay una señal que la identifica con el nombre de Herbert von Karajan... así es todo: de famosos. En mi primera caminata vi la iglesia de los Salesianos, la iglesia de los polacos, el palacio Belvedere hasta llegar a la plaza del Soldado...

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