SOBRE LA ALEGRÍA Y LA RISA EN DESCARTES.

AutorDe los Reyes, David

ON JOY AND LAUGHTER IN DESCARTES

  1. Del tratado de Las Pasiones como una filosofía clínica práctica

    En el tratado de Las pasiones del alma de René Descartes (2) encontramos la alegría como una de las pasiones. La alegría es contrastada con la tristeza (parágrafo 61) (3). Estamos alegres o tristes y, entre ambas, hay un intervalo emocional que tiene una serie de tonalidades en que encallan nuestras maneras de estar y de vivir. La alegría será considerada, por este pensador, como una pasión entre otras.

    Pero, antes de seguir profundizando en su concepción sobre la alegría, debemos comprender a qué responde las pasiones del alma en este tratado. En él encontramos un intento de moderar y controlar las pasiones en la medida en que las comprendamos y nos acercamos a conocerlas presentes en nosotros.

    El libro es una obra con una finalidad práctica. Aspira, exige y prevé un ejercicio filosófico de quien lo lee. Su fin es lograr un modo de vida más agradable y humana frente aquellos que no se han detenido en saber qué son las pasiones del alma. Cuál es su naturaleza y el uso que podemos hacer para nuestro bien de ellas.

    Advertimos en dicho tratado un fuerte espíritu moderno. Sin embargo, aún la idea de alma, mantiene una tendencia aristotélica, al referir que puede tener sus propios placeres independientes del cuerpo. Es propio de esta concepción dualista afirmar esta capacidad de autonomía del alma respecto al cuerpo. Sin embargo, al estar unido al cuerpo, los placeres, es decir, los estados de tranquilidad o de perturbación en nosotros, dependen del manejo personal de nuestras pasiones, de modo que los hombres a los que más conmueven son los más capaces de disfrutar de la dulzura en esta vida (4). Pero esto, más que una cualidad, puede resultar una debilidad. Por ejemplo, al experimentar amarguras, pues no saben cómo enfrentarlas, emplearlas, controlarlas. Mantener un estado de tranquilidad cuando la fortuna nos es adversa es difícil. En cierta forma, Descartes aspira a desarrollar una filosofía práctica mediante la razón. De un método de autocontrol para toda perturbación pasional. Todo un tratado de psicología filosófica racionalista para su época.

    La sabiduría, postura estoica, debe enseñar en cómo dominar nuestras pasiones, de poderlas manejar con habilidad, que los males que nos causen sean soportables y que, en su conjunto, puedan terminar siendo fuente de gozo. Entre las prácticas terapéuticas que propone el pensador cartesiano, estarán la premeditación y la destreza para corregir nuestros defectos pronunciados.

    Bien por nuestro talante natural, o bien por costumbre. Dando una importancia al vínculo entre cuerpo y el alma: esforzándonos separar en sí mismo los movimientos de la sangre y de los espíritus del pensamiento (5). En otras palabras, que nuestras pasiones están circunscritas en función al tipo de movimiento de nuestro flujo sanguíneo y al tipo de representaciones que, como espíritus, agitan nuestro pensamiento. Este saber, que cada uno debe llevar a cabo de forma particular, observa que en los hombres no lo practican. Los hombres:

    ... no se hayan preparados lo suficiente contra todo tipo de circunstancias, y que estos movimientos excitados en la sangre por los objetos de las pasiones siguen con tanta rapidez las impresiones que se forman en el cerebro y la disposición de los órganos, aunque el alma no contribuya en modo alguno, que ninguna sabiduría humana (sub. nuestro), es capaz de resistir a ellos cuando no se está bastante preparado (6). Podemos entrever un aspecto práctico de su filosofía al tratar las pasiones, pues cada una de ellas remite a determinada acción y ella despierta, casi de manera refleja, una pasión. Entendiendo que las pasiones son los efectos que experimenta el alma por parte del cuerpo. Ellas requieren, para su manejo, de cierto saber, de una persistente observación personal en el cambio del movimiento sanguíneo interno y del tipo de representaciones (espíritus, concepto propio de la época), que nos pasan por nuestra alma o mente. Se nos dan recomendaciones. Como aquella que nos presenta contra todos los excesos de las pasiones. Al sentir la agitación de la sangre, debemos estar atentos a todo lo que pasa por nuestra imaginación. Sus representaciones en nuestra mente son ilusiones que tienden a engañar al alma. Requiere cambiarlas por razones que sirvan para convencernos del objeto de nuestra pasión de una forma menos intensa de lo que son. Esto en la medida en que nos agita nuestro fuero interno del ser. En ese instante debemos contenernos a emitir cualquier tipo de juicios y entretenerse con otros pensamientos por un rato y que nos provean de tranquilidad: hasta que el tiempo y el reposo hayan calmado por completo la emoción que bullía en la sangre (7).

    Descartes propone, en cierta forma, desarrollar una comprensión experimental de nuestra psique. Intentar establecer una psicología experimental. No se queda en prescripciones y recomendaciones terapéuticas. Nos propone unas prácticas que llevan a formarnos una sabiduría que se observa los movimientos del vínculo que para él se establecen entre la psique (alma) (8) y el cuerpo.

    Podemos advertir que nos propone una sabiduría práctica. Remite a cierta concepción estoica de la filosofía, sin dejar de percibir en sus reflexiones la mirada de la modernidad en ciernes, de la que Descartes es uno de sus guías irrenunciables. Nos encontramos, entonces, con una postura ampliada de la filosofía por medio del método cartesiano y de la concepción experimental y científica al observar el movimiento del cuerpo y sus órganos. Ello lleva, también, a una meditación moral laica y racional. Ya no interfiere la mediación y autoridad eclesiástica para lograr una vida feliz; lo religioso será superado por la racionalidad moderna y su concepción desacralizada del mundo. Esto es significativo, pues las pasiones ya no son analizadas en función de la idea del pecado y de la salvación, del bien o del mal en relación a lo divino. Ellas son vistas en relación con un fin perseguido: nuestra tranquilidad, felicidad individual, junto a nuestra actividad pública. Se trata de alcanzar un gozo del vivir autónomo e individual dentro del estambre estampado del mundo racionalista, que busca un conocimiento y un hacer humano más no divino.

    Encontramos que el Tratado de las pasiones contiene una concepción cercana a una filosofía práctica como forma de vida, cuyo fin es establecer la felicidad y la serenidad a partir de una sabiduría aunada a la observación experimental y científica.

    Dicho esto, podemos pasar al tema que nos trae interés para comprender el fenómeno de la alegría y de la risa desde la perspectiva del umbral del pensamiento racionalista filosófico moderno.

  2. De la alegría y la risa

    Descartes relaciona moralmente la alegría con el bien. Al considerar el bien presente, se excita en nosotros la sensación de alegría de que hemos hecho las cosas de forma correcta; la tristeza tendrá su correspondiente con el mal, el sufrimiento, al haber actuado de forma no adecuada. Esta consideración del bien y el mal esbozada está en relación con el ser, cualidades emocionales propias de nosotros. No se trata de un bien o un mal general, sino el vivido por medio de mi existencia, de la que somos responsables. Más que confesarnos para obtener un perdón sacerdotal y divino, nuestra alma recibirá, por su actuar, un bien o un malestar físico y espiritual.

    Asimismo, en el parágrafo 62, nos encontramos con una referencia de la risa con la concepción griega en tanto burla, en el sentido de kalagelao, término griego para designar el sentido de una risa negativa, la cual vendría a expresarse mediante la burla; condición discriminante que se da en función de cierta jerarquía social en relación de quién la emite y de quien la sufre. Es la risa burlesca esgrimida de arriba hacia abajo. Creando una posición de poder. Quien ríe de esta forma, se coloca por encima del otro. Llega a degradarlo en algún aspecto personal, en contraste con el grupo. La alegría, en tanto perteneciente a otros hombres, podemos considerarla en tanto dignos o no de ella. Al considerar el bien como algo digno, la única pasión que aparece en nosotros es la alegría. Esto denota que las cosas han sucedido como debían de suceder.

    Descartes hace una diferenciación importante. Podemos encontrar que la alegría puede tener una tonalidad que abarca tanto al bien como al mal. La alegría puede denotar un origen correcto y otro prejuicioso. La alegría surgida por la acción buena es la relatada antes, que para nuestro autor es una alegría seria.

    La alegría surgida por el mal está acompañada de risas malintencionadas y por burlas. Los que consideramos indigno. El bien despierta la envidia, y el mal, la compasión, que son dos especies de la tristeza (9). Esto nos lleva a considerar que el mostrarse muy alegre por algo bueno, desata pasiones bajas en quienes nos observan. Despierta la envidia contra nosotros. Nos envidian nuestra alegría. Pero el mal realizado a otros nos lleva a despertar la compasión. Envidia y compasión vendrán a ser rasgos que están implicados con la tristeza y no con la alegría. Descartes observa que estas pasiones relacionadas con el bien o el mal pueden ser...

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