CON EL DEBIDO RESPETO. CONSIDERACIONES EN TORNO A LOS LÍMITES MORALES DE LA REPROBACIÓN.

AutorParmigiani, Matías

WITH ALL DUE RESPECT CONSIDERATIONS AROUND THE MORAL LIMITS OF DISAPPROVAL

Como lo vio P. Strawson hace tiempo, no existe comunidad moral cuyos lazos sociales no descansen en algún punto en cierto tipo de actitudes reactivas, como la gratitud y el resentimiento o el elogio y la reprobación. Tales actitudes, en conjunción con las emociones que ellas mismas suscitan por lo general en sus destinatarios, son en buena medida las que nos hacen humanos. En terminología del propio Strawson, ellas--o nuestro compromiso con Ellas--moldean "el marco de referencia general de la vida humana" (2008, 14). Así, por ejemplo, si alguien careciera de la capacidad genérica de mostrarse orgulloso ante una demostración de elogio, o avergonzado o dolido ante un acto de reprobación, esa persona carecería de todo rasgo de humanidad.

En un pasaje de su monumental biografía sobre Dostoievski, H. Troyat afirmó:

Cada uno arroja sobre el que está cerca el peso de su desesperación, de su odio, de su miedo. Nada comienza en nosotros. Nada termina en nosotros. Somos todos prisioneros de la misma red nerviosa, y basta con que uno haga un gesto para que sus allegados sientan un tirón doloroso (1996, 32). Tal vez estas palabras suenen en buena medida exageradas como una descripción de lo que implica habitar una comunidad humana. En ese sentido, podría objetarse que hay comunidades más liberales, más tolerantes o menos intrusivas que otras. Sin embargo, aunque la objeción parezca razonable, las palabras de Troyat seguirían siendo válidas para subrayar un aspecto que todas las comunidades humanas compartirían sin excepción, incluso aquellas en las que sus habitantes viven signados por la más completa indiferencia hacia sus semejantes. Pues, en comunidades así, ¿no sería esa misma indiferencia un motivo de angustia o preocupación generalizadas? A menos que fuéramos autosuficientes, omnipotentes o inmortales, ¿quién podría prescindir por completo de la compañía o colaboración ajenas en algún momento de su vida? Pero si alguien fuera así, automáticamente dejaríamos de reconocerlo como uno de los nuestros, lo que haría sumamente difícil que lo tratemos como un auténtico ser humano.

En la parte inicial de su Teoría de la justicia, Rawls definió a la sociedad como "una empresa cooperativa para la obtención de ventajas mutuas" (1971). Comprensiblemente, esta definición ha ejercido una gran influencia hasta nuestros días, al punto de que muchos autores la consideran incuestionable. Una de las razones se desprende del párrafo anterior: nadie puede prescindir de la compañía o colaboración ajenas. La pregunta clave, no obstante, es para qué. Si nadie pudiera prescindir de la compañía o colaboración ajenas simplemente para sobrevivir, entonces la postura de Rawls no distaría en demasía de lo que ya sostuvieran los contractualistas clásicos como Hobbes o Locke. Pero Rawls, según sabemos, sostiene que la cooperación también es necesaria cuando se trata de asegurarnos aquellas ventajas que atañen a nuestros proyectos personales o concepciones particulares del bien. Entre ellas, Rawls cita el caso de las bases sociales del auto-respeto (cf. ibíd., 178-182), que aquí bien podríamos identificar--al menos parcialmente--con aquellos marcos de actitudes, sentimientos y emociones interpersonales que constituyen condición de posibilidad de cualquier interacción humana y, por esa misma razón, de cualquier interacción emprendida con un propósito medianamente cooperativo.

Por supuesto, no hay nada que asegure que un marco determinado de actitudes, sentimientos y emociones posibilitará la cooperación y, en última instancia, la obtención de ventajas mutuas. Por el contrario, hay marcos que dificultan la cooperación o resultan poco ventajosos en términos personales. Y hay otros que directamente socavan las bases mismas del auto-respeto con las que algunas personas necesitan contar para perseguir sus concepciones particulares del bien sin sentirse apenadas o avergonzadas. Un marco actitudinal, en cualquier caso, no es algo que no admita revisiones (sobre este punto, véase una vez más Strawson 2008, 14), aunque tampoco pueda ser visto como algo siempre ajustable a las necesidades o deseos de ciertos grupos poblacionales.

Así como casi toda libertad comporta una limitación, casi toda ventaja comporta una desventaja correspondiente. Por ejemplo, para ejercer la libertad de expresión y obtener las ventajas que se siguen de la misma, no sólo es necesario contar con limitaciones legales que prevengan su ejercicio, sino que también impidan que ese mismo ejercicio afecte libertades o derechos de terceros, aunque estas últimas limitaciones comporten claras desventajas individuales. En un Estado constitucional de Derecho, cuando alguien infringe la libertad de expresión de otra persona, o se excede en el ejercicio de su propia libertad de expresión, afectando derechos o intereses protegidos, por lo general será sometido al veredicto reprobatorio de la sociedad. Desde luego, el mismo escenario tenderá a reproducirse cada vez que se infrinja el ejercicio de cualquier otro derecho o libertad, en la medida en que se cumplan una serie de condiciones procesales, las cuales también tienen por objeto asegurar la protección de otro conjunto no menos importante de derechos y libertades. El quebrantamiento injustificado de un derecho jurídicamente protegido, en cualquier caso, parece respaldar un juicio reprobatorio, el cual comúnmente se traducirá en una condena de tipo penal o civil.

Aunque las modalidades jurídicamente reconocidas de reprobación son más o menos conocidas por todos, y aunque algunas de ellas plantean acuciantes problemas de justificación, aquí no ahondaré demasiado en los mismos. Hay sanciones jurídicas que, aplicadas en ciertos contextos y bajo ciertas condiciones, resultan lisa y llanamente inmorales, como las sanciones penales que privan a sus destinatarios de la libertad ambulatoria encerrándolos en centros de detención superpoblados o insalubres. Pero incluso si abrazáramos medidas sancionatorias alternativas, como algunas por las que abogan los modelos restaurativos de la pena, su finalidad última no podría desligarse de cierta intención reprobatoria, según lo han reconocido en los últimos años algunos de sus más conspicuos defensores. Hasta aquí, todo parece estar en perfecto orden. Ahora bien, ¿qué sucede cuando un trato reprobatorio, sea de naturaleza jurídica o moral, lesiona el auto-respeto de su destinatario? ¿Qué sucede cuando el agente reprobado experimenta sentimientos de vergüenza o humillación lacerantes, que le impiden reconocerse como alguien de valor tanto ante sus propios ojos como ante los ojos de su comunidad? ¿Resulta justificada una reprobación cuando la misma genera estas consecuencias? ¿Acaso cabe hablar de límites morales en este contexto? ¿O, por el contrario, cualquier acto de reprobación, en la medida en que aparezca normativamente justificado, tiene derecho a imponerse sobre su destinatario? Finalmente, ¿qué diferencia existe entre los tratos reprobatorios normativamente justificados y aquellos que no lo están? ¿Podría un trato reprobatorio de la primera categoría ser irrespetuoso con su destinatario, o sólo se comportan de esta manera los tratos reprobatorios de la segunda categoría?

En el presente trabajo me ocuparé de estas preguntas, con el objetivo de determinar qué condiciones debe satisfacer el trato reprobatorio para resultar moralmente respetuoso de la persona a la que va dirigido. Según la tesis que intentaré fundamentar, no habría en principio ninguna incompatibilidad entre tratar reprobatoriamente a alguien y, aun así, tratarlo con respeto. No obstante, a fin de arribar a esta conclusión, será necesario efectuar una serie de pasos intermedios. En la sección [sección] 1, repasaré las dos clases de respeto que postula un clásico artículo de Darwall, para comentar por qué esa clasificación dista de ser exhaustiva. En la sección [sección] 2, ampliaré esta crítica, con la intención de mostrar que los tratos aprobatorios o apreciativos, en contra de lo que piensan autores como Darwall o Dillon, no necesariamente son respetuosos. En la sección [sección] 3, intentaré demostrar qué otras dos formas de concebir el respeto (y el irrespeto, desde ya) sí estarían en condiciones de iluminar, con una mayor pretensión de exhaustividad, lo que ocurre cuando nos prodigamos un trato respetuoso (o irrespetuoso), y especialmente las tensiones que esto suscita. Mientras las demandas de lo que allí llamaré el respeto universalista, por un lado, y el respeto particularista, por el otro, suelen apuntar en direcciones opuestas, en dicha sección procuro señalar, siguiendo a Habermas, un camino posible para su conciliación, mostrando cuándo y en qué medida la evaluación reprobatoria de una persona podría (e incluso debería) considerarse 0irrespetuosa. Y en la sección [sección] 4, finalmente, repasaré someramente algunas de las principales formas de la desaprobación, analizándolas en función de la necesidad de construir una comunidad moral en la que nuestro derecho a decir lo que pensamos y/o sentimos no sea inútilmente restringido.

[sección] 1. ¿Dos clases de 'respeto'?

En su influyente artículo "Two Kinds of Respect", S. Darwall postuló la existencia de dos clases de 'respeto', para las cuales la filosofía práctica de Kant ofrecería sobradas referencias: por un lado, la que sería capturada por la noción de 'recognition respect o 'respeto como reconocimiento'; y, por otro lado, la que capturaría la noción de 'appraisal respect o 'respeto como apreciación' (cf 1977, 38-39). Ambas clases de respeto suponen la adopción de una determinada actitud, sólo que mientras el respeto como reconocimiento puede estar dirigido tanto a objetos como a personas, el respeto como apreciación sólo puede dirigirse a personas. Ahora bien, si aquí nos centramos en el terreno de las relaciones personales, el respeto como reconocimiento supondría para Darwall una suerte...

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