El descanso como tarea

Salir de vacaciones cada vez da más trabajo. Mi primo pasó un se mestre peleándose en la oficina por un cupo para agosto. Sólo cuatro empleados podían tomar durante ese mes sus correspondientes días de asueto. ¡Esto no es un liceo!, recuerda mi primo que decía el jefe de personal a cada rato. ¡No todos pueden tomar sus vacaciones en ese mes!. Pero todos querían. Todos tienen hijos. Todos desean un agosto vacío. Iban a la oficina apretan do un cuchillo entre los dientes. En vez de saludarse, gruñían. Cada quien inventó una historia distinta. Por unos días, todos fueron feroces libretistas de telenovelas. Convirtieron sus propias vidas en melodramas interminables, plagados de abuelitas moribundas, hijos amnésicos; familias hundidas en la tragedia, cuyo único final feliz eran unos merecidos y justicieros días de vacaciones. Tuvieron que negociar de diferentes maneras. Mi primo vendió una Semana Santa y dos carnavales a futuro. Perdió cuatro amigos pero consiguió, por fin, lo que tanto anhelaba. El viernes salimos todos para Margarita, le anunció a su familia al llegar a casa. Fue un rey. Un guerrero invencible. Aquella noche, su mujer le dio un masaje especial. Sus hijos durmieron con el traje de baño puesto. El calendario es un Juego de la Oca donde toca descansar a la fuerza, escribe Juan Villoro, tratando de encontrarle algún sentido a esta moderna obligación que llamamos vacaciones. Aquello que, en el siglo XX, fue una conquista democrática, el derecho al justo descanso laboral, de pronto a la vuelta de los años parece haberse convertido en una nueva ocupación, con sus propias exigencias y sus propios sacrificios, con sus horarios y sus restricciones. El mercado también crea sus paradojas: descansar ahora es una tarea. El purgatorio en cuatro ruedas. Mi primo tardó seis horas en llegar de Caracas a Puerto La Cruz. Salió de madrugada y aun así consiguió cola. Al pasar Guarenas, el tránsito comenzó a tener la lentitud de un viernes en la autopista. A partir de El Guapo, la carretera estaba tan estropeada que el tránsito fluyó todavía más lentamente. Los niños empezaron a pelearse en el asiento trasero de su viejo Toyota. Primero, de manera verbal, con pequeñas provocaciones. Después, con uno que otro manotazo juguetón. No habían llegado a la Laguna de Tacarigua, cuando ya andaban en un festival de patadas y mordiscos. La temperatura del motor también comenzó a subir. Llegaron justo a tiempo pa ra ocupar casi el último lugar en la cola. Los...

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