El día que Medellin fue Madonna

Nunca en mi vida he comprado un solo disco de Madonna. Y aquí estoy, montado en un avión, rumbo a su música. Y también a Medellín. Una, la reina profana de la cultura pop. Otra, la comarca mítica de la violencia colombiana. Aún no entiendo qué me hace volar más de mil kilómetros para ver un concierto que nunca estaría en mis prioridades. Pero en un viaje lo que menos importa es la causa que lo origina. *** Ya en Antioquia, el taxista me traslada por una carretera que parece el rastro de una serpiente. Un cartel reza: Bienvenidos al municipio de Envigado, donde lo primero es la gente. La ruta del aeropuerto a la ciudad es un empinamiento que luego se troca en una caída de vértigo. En cada curva se venden puertas que no dan a ningún lado. Y más allá, merenderos de montaña. El camino posee una belleza callada. Bastó dejar caer dos pre guntas para que el conductor exhibiera su elocuencia. Era cuestión de tiempo llegar al tema latente, a la cicatriz oscura que marca todo el paisaje: Pablo Escobar. Habló de él con propiedad, como se habla de un impertinente familiar que nadie puede ignorar. A veces sólo le decía Pablo, tuteando el mal recuerdo. Cuando le pregunté por el absurdo tour que el municipio ofrece a la célebre finca de Escobar, señaló el vidrio donde tiene una calcomanía de la Hacienda Nápoles, epicentro del tenebroso Cartel de Medellín. Dos semanas atrás había llevado a un turista israelí. El hombre se decepcionó al encontrar sólo el cascarón de un imperio. El mayor narcotraficante del mundo había dejado Âsin querer un rozagante negocio turístico. Pero el tour apenas muestra a los turistas carros de colección calcinados, hipopótamos multiplicados hasta el hastío, jirafas lánguidas y el relato de un guía bilingüe que cuenta cómo Pablo Escobar llegó a ser tan amo y señor de Colombia. El momento climático parece ser el encuentro con Roberto Escobar, el primogénito de la familia, ya viejo, casi ciego, casi sordo, quien azuza la leyenda de su hermano con su sola presencia, carcomida por la polilla del abandono. Al menos dos generacio nes de colombianos arruinó ese hombre, cuenta el taxista. Mientras tanto, buena parte del continente sucumbe como un adicto sin regreso al seriado televisivo, Escobar, el Patrón del Mal, que relata las peripecias del capo mayor de la cocaína. En los ochenta era normal toparte con dos o tres cadáveres en la vía. Uno le pedía permiso al pasajero para bajarse del carro, apartar los cadáveres y poder pasar, dice el...

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