LA DOBLE CARA DE SIR ISAIAH BERLIN SOBRE LA LIBERTAD: LIBERTAD NEGATIVA Y LIBERTAD POSITIVA.

AutorCarpintero Benítez, Francisco

Los discípulos de Kant (ellos se entendían así) en el cambio del siglo XVIII al XIX, proclamaron que la libertad personal era "formal, negativa y vacía" (2). Benjamín Constant, algo tardíamente, hizo de estos rasgos lo constitutivo de la libertad propia de los tiempos modernos, y desde la extensión de su obra es costumbre oponer la libertad positiva--que sería la de los héroes de Homero y la de la Edad Media--a la libertad negativa, que es la descrita. Con la acentuación de ambos tipos de libertad, lo que debieran haber sido consideradas dos caras de la misma moneda, fueron consideradas realidades opuestas, y comenzó a entrar en juego una de estas dicotomías que resultan funestas para la inteligencia.

En el siglo XX, tras la proclamada libertad de pueblo soviético y de los representados por el partido Nacional-Socialista alemán, las diferencias de ambientes y actitudes se extremaron. Porque soviéticos y nazis tuvieron una nota en común, que fue negar los derechos subjetivos de las personas, es decir, los componentes esenciales de la libertad de los modernos, llamada más usualmente "libertad negativa". Desde entonces, la sospecha de cualquier tipo de totalitarismo se ha extendido sobre la defensa o manifestación de las libertades positivas. La aparición de sectas que mienten a las personas han acabado de complicar la cuestión del estudio universitario de la libertad.

Frente a los dirigismos políticos, el autor más conocido por su defensa de la libertad negativa ha sido Isaiah Berlin. Pero este autor no se ha limitado a contener los poderes del Estado en unos límites respetuosos con las libertades de los ciudadanos, sino que ha atacado con especial ímpetu cualquier forma de agrupación que se 'interponga' entre el poder político y las libertades puramente negativas de las personas. Parece revivir la mentalidad dominante en 1789 sobre este tema; sólo que la Revolución se limitó a desconocer, y Berlin ataca lo que, de una forma negativa, respetó el pensamiento revolucionario.

La idea animadora más básica de las libertades simplemente negativas vino del Derecho Natural de la Edad Moderna. Aquellos autores, desde los tiempos de Fernando Vázquez de Menchaca, pensaban sólo en unos individuos solitarios en el status naturae que pasaban directamente, como en línea recta, a formar la sociedad política; es obvio que, en tal línea, todo lo que se interpusieran entre cada sujeto y el Estado, era por definición, una "sociedad intermedia". Para ellos, la existencia de familias, de corporaciones profesionales, de confesiones religiosas, y de cualquier asociación, era simplemente una cuestión de hecho, inexplicable desde sus planteamientos. Ni Vázquez de Menchaca, ni Suárez, pudieron dar razón de la vigencia del Jus Canonicum. Fue Rousseau quien exasperó esta negación de "lo intermedio", viendo en lo que él llamaba 'sociedades parciales' obstáculos para la formación de la única volonté générale: realidades perversas. De ahí la categoría de "lo oficial", que se impone a lo que simplemente es "privado" (3).

Los Estados modernos siguen teniendo como prueba pendiente el reconocimiento eficaz de las libertades positivas. Suelen estar recogidas en las Constituciones pero son muchas las restricciones económicas y administrativas que perduran. Parece que el Estado Social de Derecho nos lanza una objeción omnipresente: "Si esto ya lo hacemos nosotros, ¿por qué lo intenta usted?" Quien haya participado en las discusiones para la implantación de un nuevo plan de estudios, habrá comprobado que los profesores de cada área de conocimiento intentan atraer hacia sus manos la mayor potencia posible para conceder créditos, y que los intereses reales de los alumnos únicamente son alegados cuando esto interesa momentáneamente a los profesores de una asignatura. La lucha por el poder siempre está al acecho.

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Es comprensible que Isaiah Berlin estuviera resentido contra los planes de los gobiernos y de los grupos para proponer metas colectivas a los hombres individuales. No se trataba únicamente de un rechazo que podríamos llamar 'abstracto', sino que en su visión de la sociedad intervenía su propia biografía. Nacido en una familia judía que pertenecía a un clan influyente, estuvo en Rusia y asistió a las luchas por la Revolución. Más tarde tuvo ante la vista lo que sucedió en el III Reich. Finalmente, vivió intensamente la Guerra Fría. De ahí su insistencia, apasionada y bastante anárquica (aunque insidiosa), en la libertad estrictamente individual y su desprecio por el hombre-masa que se deja subsumir e integrar en un grupo. Él reclama hombres viriles, que puedan oponerse a los planes del gobierno que tratan de dirigir las cabezas y a los planes de los grupos que quieren que los individuos queden subsumidos en esa más pequeña totalidad grupal.

De acuerdo con Constant y Tocqueville (4), distinguió la libertad de los antiguos y la de los modernos. La de los antiguos sería--según sus propios términos--una libertad positiva, libertad para participar en los asuntos colectivos o políticos y para cumplir adecuadamente los deberes propios del rango social de cada cual. La nueva libertad política es la que hace posible que cada ser humano acuñe él sus propios criterios para hacer él realidad su plan de vida personal; en una palabra, que es autónomo porque nadie decide por él.

Pero su novedad estriba en que en lugar de defender ambos tipos de libertades, de modo que la una complemente a la otra, opta excluyentemente por la libertad negativa: defiende desgarradoramente a la libertad individual o negativa y trata de desprestigiar cualquier forma de libertad positiva (5). Cosa extraña en un pensador liberal, porque los liberales siempre han hecho de la participación en los asuntos públicos el alma del régimen parlamentario, que él llama directamente democracia. (El autor de estas líneas rehúye usar el término democracia, que le parece demasiado pretencioso. Prefiere utilizar la de régimen parlamentario, con lo que ello implica de sumisión a los partidos y con las muchas limitaciones que aporta. Pero, en parte por economía positiva y en parte por ajustarse a la forma de expresión de Berlin, hablará de democracia).

Su valoración de la democracia no es siempre positiva. En realidad, dada la indeterminación en la que él se mueve, parece que este régimen político ha de pedir excusas para imponerse en la vida social. Él reitera que la libertad negativa se relaciona poco con la libertad política, ya que--según indica--es posible que exista libertad de este tipo en una autocracia: "La libertad, considerada en este sentido, no es incompatible con ciertos tipos de autocracia o, en todo caso, con que la gente no se gobierne a sí misma. La libertad, tomada en este sentido, se refiere al ámbito que haya de tener el control, y no a su origen" (6).

Parece que, hablando así, se cura en salud frente a cualquier crítica posible. Él no vincula a la libertad con la democracia: "No hay una necesaria conexión entre la libertad individual y el gobierno democrático. La respuesta a la pregunta 'quien me gobierna' es lógicamente diferente a la pregunta 'en qué medida interviene en mí el gobierno' (7). Sucede que él piensa que "La conexión que hay entre la democracia y la libertad individual es mucho más débil de lo que les parece a muchos defensores de ambas" (8). Realmente, existe diferencia lógica entre quien me gobierna y cómo interviene el gobierno en mi vida; pero más allá de la lógica, esta diferenciación parece irreal. La razón última de esta tesis reside en que él entienden que el verdadero enemigo de la libertad es la libertad positiva, es decir, el ser libre "para llevar una forma prescrita de vida". Más adelante volverá a parecer este tema.

Si no afirma la necesidad moral de la democracia habrá de defender otro tipo de gobierno. Es posible que exista libertad negativa en una autocracia: "La libertad, considerada en este sentido, no es incompatible con ciertos tipos de autocracia o, en todo caso, con que la gente no se gobierne a sí misma. De la misma manera que una democracia puede, de hecho, privar al ciudadano de muchas libertades que pudiera tener en otro tipo de sociedad, igualmente se puede concebir perfectamente que un déspota liberal permita a sus súbditos una gran medida de libertad personal" (9). Explica que lo único decisivo para la libertad es el perímetro real de que cada cual disponga en torno a su persona para su acción libre. Se le puede reprochar a esta mentalidad que encarna Berlin, en lugar de reconocer la dimensión pública de la profesión, profesionaliza la política en nombre de un sector de la libertad. La intensidad en el verbo 'permitir' la he introducido yo. Si un 'déspota liberal' me permite tener libertad, esta concesión, permiso, licencia o tolerancia sólo indica que ese déspota no me considera a mí una persona con mi estatuto pleno de ciudadano. Seré un ciudadano de segunda clase, dominado por la clase política que designe el 'déspota liberal'. Pues el déspota no gobierna directamente: interviene toda una Corte de políticos inferiores y de funcionarios altos que son los que realmente deciden la vida de los ciudadanos. Y está la corte de los 'asesores', llama antiguamente la 'camarilla' en razón de llamarse "de cámara" lo más íntimo en la política del Monarca; de ahí el Tribunal de Cámara del Imperio Alemán, el Reichkammergericht, que tantos dolores de cabeza originó a los profesores universitarios que trataban de hablar de los Derechos del Hombres.

¿Razones para este desechar en principio a la forma democrática? Parece que no le convence sin más la simple actitud democrática al margen del talante liberal: "Si consiento que me opriman, o acepto mi condición con una actitud distante o irónica, ¿estoy por ello menos oprimido? Si me vendo como esclavo, ¿soy por eso menos esclavo? ... Constant vio en Rousseau al más peligroso enemigo de la libertad individual porque éste había dicho que 'al darme a todos, no me doy a nadie'10 11...

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