LA DOCTRINA MODERNA EN EUROPA SOBRE LA ESCLAVITUD.

AutorCarpintero Benítez, Francisco

THE MODERN DOCTRINE IN EUROPE ON SLAVERY

Para los juristas que compusieron el Jus Commune era evidente que los hombres son iguales 'por naturaleza', porque la Natura no situó a nadie con un poder sobre otro ser humano. Lo que implicaba que, por derecho natural, todos éramos igualmente libres en esta primera etapa de la historia de la humanidad. Ellos se apoyaban en Digesto 1,1, 5, 'ley' que declaraba lo indicado, y que explicaba que, una vez introducidas las propiedades privadas por el derecho de gentes, comenzaron las guerras, pues éstas se hacían por codicia (1). De las guerras surgieron las esclavitudes, ya que era más humano que los prisioneros siguieran vivos, aunque fuera en calidad de esclavos, que no 'sacrificados a los dioses'. Finalmente, en una tercera etapa de nuestra historia, una vez superada la del derecho de gentes, entró en vigor el derecho 'civil', que componía lo que hoy llamamos derecho positivo de cada comunidad política.

Interesa destacar la vinculación del derecho natural con la libertad individual, de modo que ambos términos venían a ser sinónimos: es frecuente leer incluso entre los glosadores del derecho romano (pensemos en Accursio) "Libertas id est jus naturale" o "Jus naturale id est libertas". Lo que ha sobrevivido más imperiosamente de las doctrinas del derecho natural es su afirmación de la libertad 'natural' de cada ser humano; estas ideas romanas y romanistas crearon el pensamiento dominante en la Modernidad, cuando comenzó la andadura de lo que hoy llamamos Derecho Natural Moderno o Escuela Moderna del Derecho Natural. Esta corriente recogió la herencia de los siglos anteriores (la de los juristas del Jus Commune y también la de los filósofos-teólogos nominalistas) y dio origen, con el tiempo, a la afirmación de los derechos individuales de libertad.

Buena parte de la autoría de esta confusión entre el derecho natural y la libertad 'natural' la tuvo San Isidoro de Sevilla, un hispano-romano que publicó en el siglo VI una pequeña enciclopedia, titulada Etimologías, y que se difundió de forma extraordinariamente amplia entre los centros del saber escuelas conventuales y catedralicias- en la época que hoy conocemos como Alta Edad Media. Él presentó al derecho natural como compuesto por dos instituciones esenciales: la "Igual libertad de todos" (Omnium una libertas) y la "Común posesión de todas las cosas": Communis omnium possessio. En realidad, usa ambas expresiones con tanta facilidad que lleva a pensar que eran ideas extendidas por las escuelas de derecho del Bajo Imperio.

Hay que suponer que los sacerdotes y los monjes de aquellos momentos predicaban lo que conocían, y por esto también el pueblo sin letras se sabía de memoria la ausencia de vínculos y la inexistencia de propiedades según el jus naturale. Así, vemos que, en la Castilla del siglo XV, un fraile sin especiales estudios jurídicos ni teológicos, como era Alonso de Castrillo, escribía con naturalidad que "Por derecho natural todos somos iguales y libres" (2). Éste fue un pensamiento especialmente encastrado entre los españoles que componían los Reinos de Castilla y Aragón, porque los Reyes de ambos Reinos hubieron de dar libertades muy especiales a los que colonizaban los terrenos que ellos habían conquistado a los moros. Para que una familia quisiera estar expuesta a las razzias de los musulmanes, fue preciso que disfrutara de un censo enfitéutico sobre sus terrenos. Como es obvio, en estos Reinos no hubo un feudalismo tan estricto como en Centroeuropa, y Luis de Molina ya explicaba este hecho, e indicaba que, entre nosotros, llamamos un feudo normalmente a la concesión de un molino para moler el grano (3). ¿Hecho extraño? No, porque no se podían cobrar los impuestos al recoger la cosecha, pero sí al procesar el trigo; el señor del molino se quedaba con una parte del valor del trigo molido.

El ambiente heredado en torno a este tema

En un primer momento, seguiré la exposición de Fernando Vázquez de Menchaca, que hizo una relación especialmente completa de las distintas esclavitudes. Este autor distingue la esclavitud por derecho divino, por derecho natural, por derecho de gentes y por derecho civil. En el capítulo 9 de sus "Controversias ilustres", indica que la esclavitud por derecho divino es la propia del que está en pecado. Este tipo de servidumbre no nos interesa ahora.

Para no tener necesidad de ir dando explicaciones incidentalmente, a propósito de la libertad natural, de la del derecho de gentes o sobre la obligación natural, parece preferible exponer resumidamente el pensamiento más genérico que domina estas explicaciones de Vázquez.

Él entiende que hubo un primer estado en la historia de la humanidad en el que sólo estaba en vigor el derecho natural, al que llamamos "jus gentium primaevum", en el que no existía ninguna compulsión de un hombre sobre otro y por tanto no se podía exigir coactivamente el cumplimiento de los contratos, ya que no existían magistrados (4).

Hubo un segundo tiempo en el que estaba en vigor el derecho de gentes, que introdujo a los gobernantes (principes), que hacían cumplir los convenios; y esto era más equitativo (aequius) que el estado de cosas anterior, pues es manifiesto que no puede haber comercio donde no se guarda la fe en los contratos (5).

Pero por la jactancia, o por bromas, o por hablar vano, se dicen muchas palabras que luego no se cumplen. Por esto, tal como enseña la lex non solum, D, de act. et obligat., comenzó a existir un tercer tiempo que atemperó aquel rigor antiguo y siguió una vía media, unas veces obligando a la palabra dada, y otras veces, no. El derecho civil hizo que produjeran efecto solamente aquellas convenciones que son más frecuentes y más importantes para la vida política y social, tal como son las compras y las ventas, los arrendamientos, los mandatos y depósitos, etc., como en general todas aquellas que se enumeran en la lex juris gentium, D. de pactis. El derecho civil produjo otros efectos, de modo que incluso las convenciones generales, fueran legítimas (a las que llamamos contratos nominados), o fueran otras, a unas les dio acción y a otras les quitó efectos, como sucede con las de los menores de edad, con los pródigos después de la declaración de prodigalidad, como explica per totum D. ad Vellejan. per totum titulum. De este modo, como a veces es equitativo cumplir la palabra dada y en otras ocasiones no lo es, el derecho civil se apartó del derecho natural, que excluía toda coerción, y se apartó igualmente del derecho de gentes, que obligaba siempre a su cumplimiento.

Hemos seguido un itinerario que va desde la igual libertad de todos en el status naturae, es decir, en el que sólo estaba en vigor el Derecho natural, hasta la aniquilación de tal estado primitivo por el Derecho de gentes para acabar, finalmente, en la sociedad propiamente 'civil'. Como todos los hombres eran libres en el estado natural, la razón ordena que entendamos que aquella libertad sólo pudo acabar mediante la libertad de los hombres, es decir, mediante un pacto o contrato en el que las personas buscaban mejores condiciones de vida.

De lo expuesto se sigue nuestra conclusión principal, a saber, que el hombre no puede ser siervo por disposición legal, porque los derechos y las leyes fueron creados para utilidad de los hombres, y la esclavitud queda comparada a la muerte ... quia homo natura liber creatus est, lex libertas, D, de statu hominum, et per totum titulum Inst. de jure personarum (6). En tal caso, ¿por qué Dios ha hecho que la distinción de las propiedades sea necesaria para la vida humana? Según Socino, Juan de San Geminiano y Andrés de Exea, Dios nos ha dado esta razón de acuerdo con su poder ordinario (etiam de potestate ordinaria), pues Él puede cambiar los ánimos de los mortales, ya que la Fe de la Iglesia mantiene que Dios es omnipotente y esta omnipotencia la podemos referir a su poder ordinario (7). Así sienta plaza de nominalista, atribuyendo al poder de Dios lo que difícilmente encuentra acomodo en la razón humana. Aunque él, tan reflexivo siempre con los desarrollos lógicos que obtiene desde su axioma máximo ("Los hombres, que eran libres en el estado de naturaleza, sólo han podido crear cualquier poder para su beneficio"), necesita referirse poco a la voluntad de Dios. Él no habla de la ley del Amor, como Scoto, o de la Prima justitia Dei, como los nominales del siglo XV que se insertaron vagamente en las filas nominalistas (8). Sólo alude a hombres libres de desean hacer realidad en la sociedad sus derechos naturales, sus jura naturalia. La terminología de jura naturalia le venía dada en Instituta 1,2,11.

Desde este planteamiento no se puede admitir la opinión de Aristóteles que entiende que algunos hombres son tan 'débiles' (hebetiores) que su destino es servir a los más fuertes. Mantienen esta opinión aristotélica Domingo de Soto, Alfonso Guerrero y Jerónimo Cagnolo. (No parece que quiera hacer una relación exhaustiva de los autores que siguen la tesis de Aristóteles: simplemente, menciona a tres de los que él cita más frecuentemente). En tal caso, como los más débiles reciben un beneficio, quedan como deudores de la otra parte; pero ser deudor o tener esta obligación es una realidad impropia que constriñe mínimamente al que es forzado, porque este tipo de servidumbre no puede imponerse, ya que no es propiamente una obligación. Sí es cierto que son útiles para algunas personas que son especialmente débiles, como sucede con los menores, los locos, los pródigos o los que tienen la mente captada por otros (9).

Parecería que, así como es lícito cazar a los animales, está permitido hacer la guerra y atrapar a los más débiles, que parece que han nacido para obedecer, tal como mantiene Aristóteles en el Libro I de la Política, cap. 3. Así lo entiende el 'doctísimo Soto'. Pero hemos sido creados iguales por Dios, y ¿qué mente más aguda es la que se atreve a corregir a Dios? Porque parece que estas personas son más dignas de conmiseración...

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