Experiencia del conocimiento.

Autor:Ramis Muscato, Pompeyo
 
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Resumen

En este artículo tratamos de apreciar el conocimiento como la experiencia más íntima y la más específicamente humana que se puede tener. Para ello señalamos como hecho más importante la diferencia que existe entre las simples aprehensiones sensitivas e intelectuales, que nos dan un conocimiento meramente informativo, y la apreciación de de las mismas en lo más hondo de la conciencia. El simple saber viene del contacto de nuestras facultades cognoscitivas con la realidad, mientras que el saber consciente pasa primero por un tamiz crítico y termina posándose en la conciencia del sujeto pensante. Sólo allí el conocimiento es auténtico, tanto en calidad de verdadero como de opinable o dudoso, a pesar de la insistencia con que los escépticos argumentan en contra.

Palabras clave : Conocimiento. Conciencia. Experiencia. Duda. Escepticismo.

EXPERIENCE OF KNOWLEDGE

Abstract

In this article we try to prize the knowledge as the most intimate and special human experience. For that purpose, we accentuate the fact of difference between the simple sensitive and intellective apprehensions (which give us only a certain degree of knowledge, similar to simple information), and this same knowledge as fixed in the depth of human conscience. The first kind of knowledge comes from the touch of our cognitive faculties on external reality; the second, on the contrary, goes through a critical awareness, and so the thinking subject can reach a real and true conscience of knowing, despite the so repeated line of argument by the scepticism.

Key words: Conscience. Doubt. Experience. Knowledge. Scepticism.

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Con harta frecuencia se habla del deseo e incluso de la necesidad de adquirir nuevas experiencias. Más o menos remotamente, todos hemos sentido alguna vez esta vaga aspiración, la cual todos llevamos ínsita en nuestra naturaleza, a pesar de la complicada variedad y desigual eficacia con que se cumple. Es imposible averiguar cómo concibe cada individuo el ámbito de la experiencia. Pero es casi seguro que todo el que busca una experiencia la busca fuera de sí mismo. Pocos se vuelven hacia su interior. Y sin embargo, en la conciencia del sujeto se opera un fenómeno del que cada individuo es testigo único e irrefragable. Este fenómeno es el conocimiento. No es necesario internarse en ningún arcano místico para experimentar internamente el acto de conocer. Basta recordar la teoría escolástica de la reditio completa, que consiste en que la mente salga de si misma hacia el objeto intencional, lo observe cuanto sea posible, con todas sus notas esenciales y accidentales, y luego regrese la mente de nuevo a sí misma y, recogida en su interioridad, elabore la cosa observada.

Todos los que cultivan alguna ciencia, realizan la reditio completa, aunque inconscientemente en la mayoría de los casos. Pero aun los incluidos en esta mayoría podrán comprobar, si se lo proponen, que todo su trabajo consiste en dirigir la atención hacia el objeto de su estudio, y tras suficiente observación, volver hacia sí mismos y considerar en su interior los datos obtenidos. Se me replicará que no he dicho nada nuevo, y es verdad. Pero es preciso advertirlo porque los errores epistemológicos se producen precisamente cuando se olvidan aspectos tan obvios como el mencionado, los cuales suelen pasarse de largo como si se tratara de futilezas. La experiencia del conocer es uno de esos casos. Al menos así lo vemos en gran parte de la historia del pensamiento. Los filósofos han procedido en esta cuestión según cuatro metodologías distintas: o descuidándolo por completo, o tratándolo desde posturas exclusivamente subjetivistas, o racionalizándolo a partir de la experiencia precientífica o, en fin, haciéndolo objeto de una especulación inconcreta, obsesiva e inútilmente complicada. Siendo esto así, como parece ser, ¿por qué no dirigir nuevamente nuestra potencia cognoscitiva hacia el conocimiento mismo, y preguntarnos si es lícito considerarlo como la primera y fundamental de nuestra experiencias?

  1. El conocimiento como exigencia crítica

    Así trataré de hacerlo en este escrito, sin declararme a favor de ninguna doctrina, pero valiéndome de todas las que me salgan al paso para establecer la idea clara y distinta que en cada caso convenga formular.

    Ante todo, no será ocioso advertir que la experiencia del conocimiento es un tema de tanta importancia, que en él radica la mayor parte del problema de la ciencia. Efectivamente, el primer paso de cualquier saber científico consiste en enfocar la atención hacia el objeto previamente elegido, y luego recapacitar tanto sobre la rectitud de la atención misma como sobre la adecuación de los datos obtenidos con realidad percibida. Así consta si miramos la historia del pensamiento en todo su conjunto: los filósofos y científicos, llevados de la curiosidad o de la admiración, observaron primero la realidad externa, directamente, para luego revertirla sobre sí mismos convirtiéndola en consideración refleja. Es decir, procedieron de los fenómenos a las esencias. Llegaron a la actividad científica partiendo de la precientífica.

    Pero este procedimiento no es algo que ocurrió improvisamente desde un principio, sino que fue obra de reiteradas experiencias cognoscitivas a través de largos siglos. Sin embargo nosotros, desde nuestra perspectiva actual y por exigencia metodológica, nos vemos obligados a plantear el problema de la experiencia cognoscitiva como si lo percibiéramos por primera vez, pues es así como los pensadores lo han hecho en toda la historia del pensamiento. Cada época ha pretendido reformularlo con mayor profundidad. Lo cual nada tiene de extraño, puesto que la ciencia ha ido ganando campos de aplicación, intercambiando el interés del conocer por el del conocimiento en sí mismo. De donde ha surgido el >, que se ha extendido a diversas ramas del saber. Así fueron apareciendo tratados nuevos con títulos como Teoría del conocimiento>>, Criteriología, Crítica, Gnoseología y otros semejantes. En fin, el deseo de perfeccionar el conocimiento ha llevado al extremo de introducir un nuevo tratado que llaman Filosofía de la filosofía, tautología a mi parecer innecesaria, pues no otra cosa ha hecho la filosofía desde sus principios que reflexionar sobre sí misma, sin dejar nunca de efectuar la reditio completa. Todo científico percibe, espontáneamente y sin que de ello se percate, la naturaleza de la ciencia que cultiva, al tiempo que discierne las posibilidades de cultivarla en cada circunstancia. Y así, bajo esta perspectiva, va desarrollando sus investigaciones.

    Y esto no lo hace el investigador con la sola intención de verificar la eficacia de su potencia intelectiva. Ésta sería una actividad inane, pues ningún agente obra si no es de cara a una finalidad que va más allá de sí mismo. O por decirlo de otra manera: ninguna causa eficiente opera en vistas a reconvertir sus efectos en materia de su propia actividad. Supongamos que se trata de un cartesiano empedernido, que quiere una vez más comprobar cómo la duda metódica limita con su propia conciencia de conocedor e investigador: no se complacerá en la sola percepción de las tres sustancias que conforman el todo universal, sino que también advertirá que el universo inteligible abarca un inmenso panorama de verdades teóricas y prácticas, así como de realidades físicas, todas las cuales no están escritas ab initio en la pantalla de nuestro intelecto, sino que se proyectaron en ella desde las realidades externas, donde todas las sustancias se nos manifiestan según la especie que cada una puede darnos de sí misma. El científico entiende, además, que dichas verdades y realidades no son entidades vacuas que flotan inasequibles, sino que rigen el curso de todas las causalidades: las físicas y las libres.

    Y en este punto es donde surge el problema de la ciencia y del conocimiento. A la vista de la inmensidad y complejidad de los fenómenos, el científico se limita a sus posibilidades de observación y experimentación, mientras que algunos filósofos se empeñan en preguntarse hasta dónde alcanza la capacidad humana de entender. Y aquí ocurre, por desgracia, lo que siempre acontece ante las preguntas que no tienen respuesta: que cuanto más se profundiza en ellas más crece el desaliento. Así algunos primeros sabios, debiéndose contentar con respuestas insuficientes, entraron primero en un estado de perplejidad; después, según las tendencias de cada grupo, unos se estancaron en el escepticismo mientras otros merodearon entre relativismos más o menos cercanos al escepticismo universal. Pensaron que, ante la imposibilidad de conocer el verdadero ser de las cosas, el sabio debe instalarse en la duda, o si lo prefiere mejor, convencerse de que la máxima sabiduría es la conciencia de la propia ignorancia.

    Sin embargo, otros pensadores más serenos desdramatizaron el problema, entendiendo que, si bien la historia del pensamiento abunda en teorías erráticas, no es menos cierto el hecho de que el hombre ha acumulado respetable cantidad de conocimientos verdaderos y útiles. Buena es, pues, la crítica, pero la que discierne, no la que demuele. Por eso puede seguir siendo discutida la conveniencia de plantear como problema la capacidad real de nuestro entendimiento, pero siempre habida cuenta de que no estamos frente a una inteligencia humana que debe necesariamente funcionar como un reloj. Hay, pues, una legítima conveniencia de examinar críticamente la capacidad y valor de nuestros conocimientos. Y si esta legitimidad no es obligante para todos los científicos, lo es en forma inexcusable para los filósofos. Incluso no es hiperbólico afirmar que el criticismo está en la misma raíz del filosofar.

    No se trata aquí de una crítica altamente refinada, sólo para inteligencias avezadas, sino del sentido crítico natural que está en las inteligencias simplemente conscientes, y que consiste en la debida estimación del valor de nuestros conocimientos ordinarios. Cada inteligencia particular...

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