Feliciano Carvallo

Como ya han podido apreciar los lectores de esta columna en las últimas entregas, unas cuantas consideraciones pendientes y varias palabras acerca del arte ingenuo en nuestro país han sido puestas sobre el tapete de nuestra convulsa cultura actual, gracias a la más reciente exposición de la obra fotográfica de Mariano Díaz y a los eventos paralelos desarrollados en el marco de su muestra. Este valioso curso de renovadas inquietudes acerca del tema ha descubierto un conjunto de linderos aplazados y ha puesto en evidencia sus movedizas interrogantes, puntos suspensivos de una historia animada en medio de ese amasijo poco revisado y por clasificar de aquellas manifestaciones en las cuales la voluntad propia y el talento innato elevaron los rasgos populares de la creación cotidiana al rango de obra de arte. En medio de estas disertaciones y apuestas que ya llevan un buen tiempo rondando las intenciones de algunos artistas e investigadores, ha fallecido el pintor Feliciano Carvallo. Nació en el año 1920 y era oriundo de Naiguatá. La década de los cuarenta consolidó las aristas de lo que sería una dinámica carrera a través de algunos eventos fundamentales en su vida: su trabajo como asistente del pintor Armando Reverón, su amistad con los artistas del Taller Libre de Arte y la muestra individual que en el año 1949 lo dio a conocer, asentando su trabajo con el color a través de narrativas cromáticas de un destacado dinamismo visual. Debo confesar que poco conocía de su trayectoria antes de estos encuentros en los cuales deliberaciones y testimonios han venido a nutrir una pequeña historiografía de un quehacer que sigue sembrando importantes paradigmas. Es Carvallo el motivo de muchas anécdotas. Se le mienta como el propulsor de los creadores...

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