La lucidez derrotada

 
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Un español en medio del naufragio Siempre me ha atraído el interés con que el escritor Juan Goytisolo se ha dedicado a la ruda faena de rescatar viajeros alucinados, aventureros incomprendidos, exploradores fracasados, memorialistas solitarios o polemistas derrotados, todos los cuales han formado parte de una misma estirpe condenada al olvido. Considerados peligrosos por sus opiniones, reprobados por sus hábitos de vida u obligados a ocultar su carácter heterodoxo, estos desterrados sólo han tenido la posibilidad de permanecer en la periferia, habitando allí donde la memoria los ha mantenido confinados a prudente distancia, pero hasta donde Goytisolo ha acudido en su auxilio para dotarlos, una vez más, de sangre y tejido. Recuerdo en particular, de su libro Crónicas sarracenas, aquellas dedicadas al aventurero Alí Bey y al militar Lawrence de Arabia y, particularmente como lector de la revista Qui mera, una que, bajo el título de Sir Richard Burton, peregrino y sexólogo, le dedicara al extraño políglota inglés, explorador de la estepa africana, traductor de Las mil y una noches y revelador del mundo islámico en Occidente, Sir Francis Richard Burton. Dentro de ese linaje de vidas inmensamente solitarias, o tremendamente olvidadas, Goytisolo se ha empeñado en regresar, en tiempos recientes, a la recuperación de una figura con la que llegó a familiarizarse, por primera vez, en la década de 1970, cuando el escritor purgaba exilio en Buenos Aires. Sus propias vivencias de proscrito durante el Franquismo lo llevaron por aquel entonces a descubrirla voz de José María Blanco y Crespo, uno de los más elegantes exponentes de la poesía sevillana, sacerdote renegado, periodista de acerada prosa en Londres y autor elogiado por críticos tan reconocidos como Samuel Taylor Coleridge, pero contra quien, en la España de su propio tiempo, la gran maquinaria del ostracismo, la muerte civil y la censura se pusieron en movimiento hasta el punto de convertirlo en una sombra ingrata del destierro. Tan consciente llegó a estar el propio Blanco de ser un apátrida, una excrecencia frente a la tradición inquisitorial de sus coterráneos que, aunque se vio resuelto a echar pie en Inglaterra para escapar de la España devastada en 1810, jamás dejó de proclamarse un náufrago de su mundo de origen. Se atrevió a escribir en inglés y, por esa vía, llegó a amar...

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