Taxistas, ballenas y otras especies

 
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El hombre intentaba arrancarse el sueño de los párpados. Eran apenas las 3:40 am. Su vuelo salía a las 8:00 am y eso implicaba estar tres horas antes en el aeropuerto. Buscaba la cafetera para ganarle el duelo a la noche cerrada. Un silencio compacto, solo eso había. Hasta que repentinamente un bulto lleno de pelos cruzó la cocina y se detuvo en un extremo con ojos inquietos. Era un rabipelado en todo el alarde de su desagradable facha. El grito del hombre revolvió la madrugada. Ya no necesitó café para despabilarse.La anécdota me la cuenta un pasajero que, como yo, viaja por avión ese día.De esos marsupiales de hábitos nocturnos tengo varias anéc dotas. Quizás la más traumática es la que le pasó a un viejo amigo que vive en una urbanización del sureste caraqueño. Una noche, acostado en su cama, vio de soslayo a su mujer y pensó que era momento de atender los mandatos de la lujuria. Ella parecía dormir, pero eso era lo de menos. Siempre se agradece el sexo inesperado. Aproximó su mano a la entrepierna de ella. Así como por equivocación. Le sorprendió descubrir que no había superfi cie que impidiera el contacto directo con su vientre. Ni sabanas, ni piyamas, ni ropa interior. También le llamó la atención que su mujer tenía tiempo sin depilarse. Ese hallazgo le hizo concluir, con cierta vergüenza, que era excesivo el lapso que tenían sin hacerse el amor. Por eso, se sintió aun más satisfecho con su iniciativa. Sus dedos jugaron con la ingente espesura de vellos púbicos. Su mujer no reaccionaba. No puede ser, se dijo, ella suele ser muy dispuesta a esa caricia. Él se incorporó un poco y fue justo en ese momento cuando descubrió que, ovillado sobre la sabana, justo a nivel de la bragadura de ella, dormía serenamente un rabipelado de corta edad. La carrera que marido y mujer se pegaron aún no ha parado. Siempre me he preguntado si ese episodio arruinó la vida sexual de la pareja.*** Si quieres información que no esté en las redes sociales ni en la prensa, toma un taxi. El chofer que me llevó al aeropuerto me contó lo sucedido a un amigo suyo en Morrocoy. Buceaba con 20 turistas europeos, avistando corales y especies marinas. Más de uno alentaba la expectativa de tropezarse con el celaje de una barracuda, o algo así. Una pizca de turismo extremo nuca cae mal. Pero fue una incursión sin sobresaltos. La anécdota la encontraron al salir a la superfi cie. Frente a ellos estaba un peñero con...

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