Poder en disolución

 
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Maduro no se cae: se disuelve. El ejercicio continuo del poder siempre desgasta, aun a los más impecables demócratas; el ejercicio autoritario lo disuelve más rápido y de allí la necesidad de recurrir a la violencia en la medida en que se agota la legitimidad. En el caso del chavismo en su etapa más ruinosa y perversa, con Maduro a la cabeza, no queda nada de legitimidad ni siquiera ante los propios y lo que resta es quedarse, exhaustos, aferrados del último madero flotante después del cataclismo.El régimen no se sostiene por el fervor de las masas ni el entusiasmo de sus dirigentes; todavía existe por la represión del Alto Mando Militar, la Guardia Nacional, de la Policía Nacional y de los grupos paramilitares. En la medida en que la sociedad civil ha abandonado todo vestigio de apoyo a los próceres rojos, el cuerpo de la revolución ha quedado en el hueso, con hilachas de músculos, con vísceras desperdigadas, sin solidez política e institucional. La medida de lo que es el régimen es la situación del Estado venezolano y de sus instituciones: directivos-camisa-roja operando un chantaje abierto a los empleados públicos, militares que blanden sus armas para amenazar a quienes debían proteger y para proteger a quienes deberían ponerle los ganchos, funcionarios de alto nivel en el proceso de llevarse hasta los lápices y las engrapadoras, mientras procuran enviar a sus familias si es que no lo han hecho ya...

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